Sábado por la tarde. Los nervios frustran mi leve intento de disfrutar de una breve siesta para ir bien descansado a la carrera. Gebre está al llegar y quiero ir a recibirle para facilitar su llegada al hotel. Neo ya rondaba por Toledo desde la mañana. Para matar el tiempo callejeo por la ciudad. La ciudad callejea por mi venas.
Toledo tiene la facultad de herirme de vida con sentimientos que me alborotan. No puedo pisar sus calles sin que miles de centelleantes sensaciones invadan mi cuerpo y mi mente. Esta pequeña ciudad de corazón pétreo me enamora y me gobierna. Nunca opondré resistencia.
Pronto llega Gebre, voy a su encuentro y aun sin bajar del coche noto que algo es especial. Desde ese momento tengo la sensación de recibir a un amigo al que hace tiempo que no veo. Todo es natural, no pienso, actúo como me sale del alma y me siento orgulloso de tener a estas cuatro personitas a mi resguardo. Estoy feliz de que hayan venido, estoy loco por ver a Neo y me acuerdo de Migmac y de David, especialmente del grandullón.
Nos aproximamos a la plaza del Ayuntamiento y la música suena con fuerza, veo los arcos de meta, los dorsales, la gente… y me enciendo. Dejo a Gebre en el hotel, y me encuentro con Neo, mi gran amigo. Le saludo y consigo un dorsal. Sin dar tiempo a más salgo corriendo vestido de calle hacia el parking para vestirme de corto. En las cuestas esprinto. Estoy eufórico.
Me cambio en el parking y vuelvo a la zona de acción. Calentamos y nos ponemos en la fila, durante la espera observo la catedral iluminada. Se me ponen los pelos de punta.
Esta vez peco de modesto y me pongo demasiado atrás. O visto de otra forma, unos cuantos han pecado de pretenciosos o de inconscientes y se han puesto delante. Los primeros quinientos metros en subida son odiosos, me cuesta horrores adelantar. Demasiada gente va de pachanga, incluso de paseo. Me abro paso como puedo y va pasando lo peor.
A partir de ahi, subidas, bajadas, curvas y contracurvas, de noche, estrecheces, adoquines y magia… la carrera restalla por las calles como un latigazo. No miro los parciales, me da igual. Disfruto de cada metro cabalgando sobre el borde de mis posibilidades pero sin dejarme la vida.
Después de jugar a los laberintos durante un buen rato nos vamos acercando a la meta y hay mucha animación popular. Me encanta, lo agradezco y me emociona.
Últimos metros, última subida y voy feliz. Todo ha salido genial. Tomo aire, busco agua y la voz de mi mujer se me cuelga del cuello como una medalla de vencedor. Es la primera vez que puede venir a verme y está con mi niño. Por un momento sujeto las emociones, suspiro. Acabó la carrera.
A partir de ahi… la guinda del postre. Una maravillosa velada en familia, con los trotones jugando juntos, buena conversación, buena comida, grandes amigos y el regusto en el paladar de haber vivido algo especial con gente especial y el deseo ardiente de repetir. Sólo nos faltó “la Pili” cagoenlamarsalá!
Ah…. el crono… se me olvidaba… 24′20”…



En este caso, el crono era lo de menos
Bonito relato y mejor velada.
Bonito relato. Yo también anduve por allí aunque llegué un poquito más tarde que tú.
Ya he visto que vamos coincidiendo en algunas carreras, también con los compañeros de atletismo polán, a ver si en anlguna sacamos un rato para conocernos.
Gracias por pasarte!